Natalia Ginzburg
Este verano he descubierto a Natalia Ginzburg
De tan sincera q es, resulta inquietante, pero tmb clara,y lucida como pocas.Una claridad de la vida y de los hombres ,de la humanidad mas humana, con todos sus miedos y grandezas. Y una realidad inquietante a la vez q esperanzadora.
Un relato q aparece en el libro “Las pequeñas virtudes”…todo un universo de su propia vida y de lo q piensa sobre ella, los otros, las cosas, los sentimientos…etc…
Alabanza y menosprecio de Inglaterra
Inglaterra es bella y melancólica. Yo no conozco, a decir verdad, muchos países; pero me ha surgido la sospecha de que Inglaterra es el país más melancólico del mundo.
Es un país altamente civilizado. Se ve resueltos en él con gran sabiduría los problemas más esenciales del vivir, tales como la enfermedad, la vejez, el paro, las tasas.
Es un país que sabe tener, me parece, un buen gobierno, y esto se advierte en los detalles mínimos de la vida de cada día.
Es un país donde reina el máximo respeto y la máxima voluntad de respeto por el prójimo.
Es un país que se ha mostrado siempre dispuesto a acoger a los extranjeros, a las poblaciones más diversas y, creo, que no las oprime.
Es un país donde se sabe construir las casas. El deseo del hombre de gozar de una casita, sólo para sí y para la propia familia, con el jardín que puede cultivar él mismo, se considera legítimo, y las ciudades están formadas, pues, por esta especie de pequeñas casas.
Hasta las casas más modestas pueden tener, externamente, un aspecto gracioso.
Y una ciudad grande como Londres, monstruosamente inmensa, está organizada, sin embargo, de tal modo que esta grandeza no se advierte ni pesa. La mirada no se pierde en su grandeza, sino que es atraída y engañada por las callejas y casitas, por los verdes parques.
Los parques se abren en la ciudad como lagos para reposar la mirada, para darle refrigerio y liberación, para lavarla del hollín.
Porque allí donde la ciudad no es verde, inmediatamente aparece envuelta por una densa capa fuliginosa y huele como huelen las estaciones: a trenes viejos, a carbón y polvo.
Las estaciones son los lugares donde Inglaterra es más abiertamente tétrica. Se acumulan en ellas chatarra, residuos de carbón, montones de rieles en desuso, roñosos y enredados. Las rodean desoladas huertas de coles, con pobres camisetas tendidas y barracas llenas de remiendos como prendas viejas.
Bastante tétrica es, asimismo, la periferia de Londres, donde las calles de casitas iguales se multiplican y se prolongan hasta producir vértigo.
Igual vértigo sentimos viendo en Londres ciertos escaparates de tiendas, abarrotados de zapatos todos iguales, con la punta afilada y tacón alto. Zapatos que producen dolor de pies sólo de mirarlos. O escaparates abarrotados, rebosantes, de ropa interior de mujer, tan abarrotados, que quitan todo deseo de comprar enaguas o medias, de las que tan llena tiene uno la mirada. Contemplando tal abundancia, surge la sensación de que no se necesita nada, y un disgusto tal por medias y enaguas, que parece que tendría que durar toda la vida.
Contra los muros de ladrillos rojos de las casitas, se recortan las hojitas verdes de los árboles, pequeñas, de un verde tierno, un delicado encaje de hojas.
De vez en cuando se asoma a la calle un árbol florido, de un rosa suave o vivamente encendido, bello a la vista, amable adorno de la calle. Mirándolo, se siente, sin embargo, que no está allí por azar, sino por cálculo, obedeciendo a un preciso designio. Y el hecho de que esté allí, no por azar, sino en obediencia a un preciso designio, entristece su belleza.
Un árbol florido, en Italia, en la calle de una ciudad, sería algo de una alegría sorprendente. Estaría allí por azar, brotado de la alegría de la tierra, y no por cálculo de una determinada voluntad.
En Londres, en esta ciudad negra y gris, el hombre ha puesto, con precisa determinación, algunos colores. Se puede encontrar, de pronto, un pequeño portal azul, o rosa, o rojo, entre sus negros hermanos. Entre el aire gris pasan los autobuses pintados de un vivo rojo. Son colores que en otros sitios serían alegres, pero que aquí no son alegres, reprimidos por una precisa y determinada intención, triste y apagada sonrisa de quien no sabe sonreír.
Y rojos son los coches de los bomberos, que no tienen una sirena estridente, sino un dulce tintineo de campanillas.
Inglaterra no es nunca vulgar. Es conformista, pero no vulgar. Siendo triste, no es nunca torpe. La vulgaridad nace de la torpeza y de la prepotencia. Nace, también, del capricho, de la fantasía.
A veces creemos ver asomar la vulgaridad en la voz bronca o en la risa chillona de una mujer, en los colores violentos de sus afeites, o en sus cabellos de estopa. Pero en seguida nos damos cuenta de que, en este país, la vulgaridad ha sido desarraigada de todas partes por la melancolía.
Los ingleses carecen de fantasía. Se visten todos del mismo modo. Las mujeres que se ve por la calle llevan todas el mismo impermeable de celofán, transparente y como de caramelo, semejante a las cortinas de los baños, a los manteles de los restaurantes. Llevan todas, colgada del brazo, una cesta de mimbre. Los hombres de negocio llevan el conocido uniforme: bombín negro, pantalones a rayas y paraguas. Los artistas del barrio de Chelsea y los estudiantes que sueñan con el arte, con la bohemia y la vida disipada, tienen barbas rojizas, descuidadas, cortadas en redondo, y chaquetas a cuadros con los bolsillos deformados. Las muchachas de este tipo visten ajustados pantalones negros, jerseys de cuello alto y, cuando llueve, zapatos blancos.
Los jóvenes creen, vistiéndose de este modo, que afirman como si fuera en voz alta su situación libre, rebelde, anticonformista, la originalidad y la extravagancia de su forma de pensar. No se dan cuenta, sin embargo, de que por las calles hay miles de personajes exactamente idénticos a ellos, con el mismo peinado, la misma expresión de ingenuo desafío en la cara, los mismos zapatos.
Los ingleses carecen de fantasía; no obstante, muestran fantasía en dos cosas, sólo en dos cosas. Los trajes de noche de las señoras de edad y los cafés.
Las señoras de edad llevan, para la noche, los trajes más extraños. Y se pintan la cara de rosa y de amarillo sin escatimar nada. Se transforman, de pacíficos gorriones, en pavos reales y faisanes lujuriantes.
En torno suyo no provocan estupor alguno. El pueblo inglés, por lo demás, no conoce el estupor. Jamás vuelve la cabeza para mirar a su prójimo por la calle.
También en los cafés, en los restaurantes, Inglaterra muestra su fantasía. Suele darles nombres extranjeros para hacerlos más atractivos: «Pustza», «Chez nous», «Roma», «Le Alpi». A través de los cristales, se ve en ellos delicadas plantas trepadoras, farolillos chinos, agudos picos de rocas, luces azuladas de glaciares. O se ve calaveras, huesos cruzados, paredes negras, alfombras negras, fúnebres velas, y reina en ellos, al estar casi siempre vacíos, un luctuoso silencio.
Inglaterra, que no está en absoluto contenta de sí misma, estudia la forma de vestirse las plumas de la fascinación forastera o busca el escalofrío de una seducción funeraria.
Por lo demás, las bebidas y alimentos que se encuentra en el interior de estas pustze, de estos Alpes, de estos sepulcros, tienen todos el mismo lamentable sabor. La fantasía no ha llegado a bebidas y alimentos; se ha quedado enganchada en los cortinajes, en las alfombras, en las luces.
Los ingleses, por lo general, no muestran estupor. Si uno se desmaya por la calle, todo está previsto. En unos segundos le llevan una silla, un vaso de agua y una enfermera de uniforme.
Los desmayos están previstos, y en torno al infortunado todo se mueve rápida y automáticamente para prestarle ayuda.
Se asombran profundamente, sin embargo, los ingleses cuando, en el restaurante, pedimos un poco de agua. Ellos no beben agua, pues tienen calmada perennemente su sed por infinitas tazas de té. No prueban el vino ni tocan el agua. Por eso los desorienta la petición de un vaso de agua, ese mismo vaso de agua tan solícito en llegar cuando se produce un desmayo por la calle.
Al final lo traen: un vasito con poca agua tibia, en una bandeja y con una cucharilla.
Quizá tienen razón en disfrazar los cafés y restaurantes con aires extranjeros. Porque cuando estos lugares son claramente ingleses, reina en ellos una desesperación tan triste que al que entra le inspira la idea del suicidio.
Me he preguntado a menudo cuál es el motivo de esta desolación de los cafés ingleses. Acaso deriva de la desolación de las relaciones sociales. Cualquier lugar donde los ingleses se reúnan para hablar rezuma melancolía. En efecto, no hay nada más triste en el mundo que una conversación inglesa, cuidadosa siempre de no rozar nada esencial, de quedarse en la superficie. Para no ofender al prójimo entrando en su intimidad, que es sagrada, la conversación inglesa zumba su tema extremadamente aburrido para todos con tal de que no sea peligroso.
Los ingleses son un pueblo totalmente privado de cinismo. Son, en el fondo, siempre serios, a pesar de sus carcajadas, que estallan súbitas, y se quiebran sordas, sin eco. Creen todavía en ciertos valores esenciales que en todas partes han sido olvidados: la seriedad del trabajo, del estudio, de la fidelidad a uno mismo, a los amigos, a la palabra dada.
El civismo, el respeto al prójimo, el buen gobierno, el saber pensar y atender las exigencias del hombre, el prestarle asistencia en la vejez y en la enfermedad…: todo esto es, ciertamente, el fruto de una antigua y profunda inteligencia. Sin embargo, esta inteligencia no es visible o sensible en modo alguno en la gente que pasa por la calle. Mirando en torno de uno no se ve ni asomo de ella. Si hablamos al azar con el primero que pasa, en vano esperaremos palabras de humana sabiduría.
Cuando entramos en una tienda, la dependienta nos recibe con las palabras «Can I help you?». Pero sólo se trata de palabras. Inmediatamente se revela totalmente inhábil para ayudarnos, y en absoluto dispuesta a intentarlo. No se descubre en ella voluntad alguna de establecer con nosotros un entendimiento, de colaborar con nosotros, de contentarnos. Para buscar lo que deseamos no dirige su mirada a más de dos centímetros de su nariz.
Las dependientas inglesas son las más estúpidas dependientas del mundo.
Es una estupidez, no obstante, de la que está ausente el cinismo, la insolencia, la prepotencia, el desprecio. Es una estupidez desprovista por completo de vulgaridad. No tiene nada de innoble, y por eso no ofende. Los ojos de las dependientas inglesas tienen la vacía y atónita fijeza de los ojos de las ovejas en las praderas interminables.
Cuando salimos de la tienda, los ojos de la dependienta nos siguen, atónitos, vacíos, sin haber formulado sobre nosotros ninguna clase de juicio, ningún pensamiento. Son ojos que nos olvidan inmediatamente apenas salimos del brevísimo radio de su iris.
Por eso, si por casualidad nos encontramos con una dependienta menos estúpida, nos sentimos dispuestos a comprar toda la tienda, maravillados.
Italia es un país dispuesto a doblegarse a los peores gobiernos. Es un país donde todo funciona mal, como se sabe. Es un país donde reina el desorden, el cinismo, la incompetencia, la confusión. Y, sin embargo, por la calle, se siente circular la inteligencia, como una vívida sangre.
Es una inteligencia que, evidentemente, no sirve para nada. No se emplea en beneficio de alguna institución que pueda mejorar un poco la condición humana. Pero calienta el corazón y lo consuela, aunque se trate de un engañoso y acaso insensato consuelo.
En Inglaterra, la inteligencia se traduce en las obras, pero si buscamos en torno a nosotros por la calle, entre la gente que pasa, no encontramos ni asomo de ella, y esto, desde luego estúpida e injustamente, nos parece una privación y nos hace enfermar de melancolía.
La melancolía inglesa se nos contagia prontamente. Es una melancolía ovejuna, atónita, una especie de pasmo vacío, sobre cuya superficie revuelan las conversaciones sobre el tiempo, sobre las estaciones, sobre todas las cosas de las que se puede hablar largamente sin llegar al fondo, sin ofender y sin ser ofendido, un largo y leve zumbido de mosquito.
El pueblo inglés aparece, sin embargo, consciente en cierto modo de su propia tristeza, de la tristeza que inspira a los extranjeros su país. Con los extranjeros, tiene el aire de pedir excusas por ella, y aparece perennemente ansioso de marcharse. Vive aquí como en un eterno exilio, soñando con otros cielos.
Siempre me sorprende que en Italia, los que tienen hijos adolescentes, no sueñen otra cosa que mandarlos a Inglaterra en las vacaciones de verano. Sobre todo si se trata de muchachos que están atravesando, como a menudo ocurre en la adolescencia, un período de timidez, de misantropía, de hurañía, de hosquedad. Los padres italianos piensan en Inglaterra como en un específico remedio contra estos males. En realidad, en Inglaterra no se cambia jamás. Es un país donde sigue siendo uno absolutamente el mismo que es.
El que es tímido sigue siendo tímido, el que es misántropo sigue siendo misántropo. Además, sobre la timidez y la misantropía inicial, se extiende aún la grande e ilimitada melancolía inglesa, como una pradera ilimitada en la que se pierde la mirada.
Encima, los padres esperan en vano que sus hijos, en esas estancias estivales, aprendan el inglés, lengua dificilísima de aprender que poquísimos extranjeros saben y que cada inglés habla a su manera.
Inglaterra es un país donde uno sigue siendo absolutamente el mismo que era. El alma no sufre el más mínimo cambio. Sigue inmóvil, inmutable, protegida por un clima suave, templado, húmedo, sin cambios bruscos de estaciones, del mismo modo que se mantiene inmutable a través de todas las estaciones la hierba verde de los prados, que es imposible imaginar más verde; una hierba a la que ni el hielo muerde ni el sol devora. El alma no se libera de sus vicios, pero tampoco adquiere otros nuevos. Al igual que la hierba, el alma se mece en silencio en su verdeante soledad, regada por una tibia lluvia.
Hay en Inglaterra catedrales bellísimas. No encerradas entre casas y tiendas, sino abiertas a prados verdes. Hay bellísimos cementerios, sencillas piedras escritas esparcidas por la hierba entre una profunda paz, a los pies de las catedrales. No las defiende muro alguno, están allí, en perpetua intimidad con la vida y, sin embargo, inmersas en una paz suprema.
En el país de la melancolía, el pensamiento está siempre dirigido hacia la muerte. No teme a la muerte, puesto que la sombra de la muerte se asemeja a la vasta sombra de los árboles, al silencio que ya está presente en el alma, perdida en su verde sueño.



















